
El carabinero era el plan. La victoria, la respuesta.
Con el paso de las horas, todo encaja. Demasiado bien, de hecho.
Salimos de Salamanca rumbo a Getafe cargados de ilusión perica, con un disfraz de Papá Noel en el maletero y regalos preparados para los hinchas desplazados. Una estampa entrañable. Demasiado entrañable para el sistema.
Las alarmas debieron saltar en algún despacho.
Primera señal: 100 euros por entrada.
Obras. Grada visitante inexistente. Explicaciones absurdas para justificar lo injustificable.
Segunda señal: la designación arbitral. Gil Manzano. El que nos empujó al abismo con una serenidad quirúrgica. El que aparece cuando la cosa no puede ir bien.
Y la tercera, la definitiva, la más sucia: el carabinero. Comimos cerca del Coliseum. Restaurante normal. Producto aparentemente fresco. Carabinero aparentemente inocente. Nada más cruzar la puerta al salir, Amanda cae fulminada: intoxicación alimentaria severa. Casualidad, dicen. Claro que sí.
Aquello no fue marisco en mal estado. Fue un mensaje.
Una advertencia. Una maniobra conjunta entre Gil Manzano y Tebas, ejecutada con precisión y sabor a crustáceo.
Resultado: hotel, suero, portátil y entradas sin usar. Y el estadio a escasos metros.
Todo estaba preparado para el desastre:
– Gil Manzano con el silbato, esperando su momento.
– Tebas sonriendo desde algún palco invisible.
– Las bajas de Puado y de Dolan.
– Un escenario poco propicio para brillar y mucho menos para soñar.
– Y un dato maldito: no ganábamos cuatro partidos seguidos desde la temporada 2008/2009.
Pero el Espanyol no entendió el guion. Decidió romperlo.
Un equipo que corre, muerde, pelea y se deja el alma.
Un equipo solidario, reconocible, orgulloso.
Un equipo que gana a pesar de todo.
Yo, con lágrimas en los ojos. Amanda, recuperándose.
El disfraz de Papá Noel en el maletero, sin salir a escena, pero representando mejor que nadie lo que somos: ir a animar, a compartir, a estar… incluso cuando no nos dejan.
Para llegar hasta aquí hemos tenido que soportar de todo:
Descensos teledirigidos.
Campos indignos.
Rachas larguísimas sin ganar fuera.
Partidos sin alma.
Partidos sin ni una ocasión de gol.
Un equipo que ni saluda a los hinchas desplazados.
Y la sensación constante de que molestar al poder tiene consecuencias.
Pero ahora no.
Ahora hay un Espanyol que compite contra todo.
Contra rivales, contra árbitros, contra despachos… y hasta contra el marisco.
Y que nadie diga que ahora es fácil ser perico.
Porque cuando peor estaba todo, estuvimos igual.
O más.
Fue una noche trágica pero al mismo tiempo gloriosa:
Un carabinero traidor.
Un árbitro que no pita: ejecuta.
Un presidente de la Liga omnipresente.
Un disfraz sin estrenar.
Regalos sin repartir.
Un portátil encendido.
Y una victoria que desmontó el relato.
Qué bonito es ser perico.





