Joan García

Me enfada profundamente que nuestro mejor jugador termine jugando en el eterno rival. Lo reconozco: las imágenes de Joan besando el escudo una y otra vez no me cuadran, sobre todo sabiendo que sus representantes ya habían llegado a un acuerdo con el Barça meses antes. Más aún cuando hace poco tiempo, en un gesto de orgullo perico, le dijo a un hincha que “no seas culé” mientras éste lloraba en la celebración de la permanencia.

Pero no voy a ser hipócrita. Sabíamos desde hace tiempo que necesitábamos esos 25 millones como el comer. La venta obligada era la de nuestro portero. Lo que nos molesta no es su marcha, sino el hecho de que se va al otro equipo de la ciudad.

No debemos convertirnos en inquisidores. Cada vez que tenemos que vender a un jugador, lo crucificamos y lo menospreciamos. Los tratamos como traidores, como si nunca hubieran sido pericos. Pero se nos olvida que los verdaderos «menos pericos» son los que manejan los hilos del club, algunos de los cuales, incluso, podrían ser “culés disfrazados”. Nuestro presidente no ha sido capaz de enviar un mensaje de apoyo a las víctimas pericas del terrible atropello, y seguimos cuestionando si el tal Mr. Chen, que vimos en videoconferencia durante la junta de accionistas, se dirigió a nosotros como una persona real o una proyección virtual.

Recordemos algunas cosas. Estuve en Solares, en un partido de la Copa del Rey, y fue allí cuando Joan, por fin, pudo ponerse los guantes contra un equipo de Regional Preferente. Tuvo algún fallo, y ¿qué hicimos? Lo crucificamos sin piedad.

Después llegaron otros porteros: un francés que no había disputado ni un solo partido con el Atlético, Pacheco, y Álvaro Fernández. Los tres cometieron errores groseros, pero nadie recordaba a Joan. Aguantó la suplencia sin quejarse; viajaba a cada partido sabiendo que jugar era una quimera. Tenía uno de los sueldos más bajos de la plantilla y, por supuesto, cero perspectivas. Entonces llegó una oferta del club para renovarlo. No podía demostrar su valía a otros equipos, así que no le quedó más opción que aceptarla.

Chen fichó a una infinidad de entrenadores, pero ninguno contó con él. Solo la lesión de Pacheco le abrió la puerta, y desde ahí empezó a destacar. Fue entonces cuando despertó el interés de equipos como el Arsenal. Joan quiso marcharse, pues veía esa oferta como una oportunidad única, pero el club no le permitió salir, porque ya había entendido que era clave para la permanencia.

De repente, el entorno del Espanyol lo convirtió del «Último de la Fila» al «Mejor del Mundo».

Ahora, ese «Mejor del Mundo» ha decidido ganar diez veces más, jugar en un club con aspiraciones opuestas a las nuestras, y todo, sin tener que cambiar de ciudad. Sigue cerca de su familia, de sus amigos, disfrutando del entorno que conoce. ¿Quién soy yo para pedirle que se mude a Newcastle, que se lleve el paraguas y se acostumbre al color gris?

Me fastidia la situación, pero hay otras “traiciones” que también me cabrean. Ayer, el presidente del Athletic Club habló sin tapujos sobre las artimañas del Barça. En San Mamés, la afición dedicó una sonora pitada a los azulgranas mientras los jugadores hacían el pasillo (o más bien, el ‘tonto’). Y aquí estamos nosotros, discutiendo sobre si debemos hacer un pasillo o no, permitiendo un encuentro entre los dos entrenadores en nuestro estadio, participando en una comida de directivas, sentando a ese muñeco de Mini-Chen (que nadie conoce) al lado del mandamás azulgrana, y entregando una placa con motivo del 125 aniversario, al presidente del Barça. Ser cortés es una virtud, pero si ellos no siguen las reglas del juego limpio, semejante paripé resulta una ofensa para todos los pericos.

Como lo es, en definitiva, el fichaje de Joan García por el Barça.

Pero al final, es su decisión o la de sus representantes. Que nos paguen, y pasemos página. Porque, lo que se avecina este verano promete ser aún más complicado.

FIN

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