
Un club sin rumbo y una afición infinita
La afición del Espanyol vuelve a dar una lección. Otra más. Y el club, otra vez, responde con silencio, improvisación y una preocupante ausencia de ambición.
Después de otra temporada para olvidar, la masa social ha vuelto a batir récords. Da igual que encadenáramos 18 partidos sin ganar, que el equipo hiciera el ridículo jornada tras jornada o que la sensación fuera la de conducir un coche sin frenos hacia el desastre. La gente no ha fallado. Ni en casa ni fuera. Ha seguido empujando, animando y dejándose el dinero en desplazamientos. Mientras otros abandonan cuando llegan las dificultades, el espanyolismo ha demostrado, una vez más, que es el mayor patrimonio del club.
El mercado de invierno fue el mejor ejemplo del desprecio hacia el aficionado. Nos vendieron ilusión y acabó siendo una tomadura de pelo de proporciones históricas. Como también lo fue el viaje a Mallorca para ver cómo el Atlético Baleares nos echaba de la Copa del Rey. Otro ridículo más para una colección que empieza a ser interminable.
Seguimos sin nombre para el estadio. Sin Dani no hay ni patrocinador principal en la camiseta. Manolo guarda un silencio desesperante. Page y compañía se dedican a hablarnos de lo maravillosa que es Barcelona en lugar de explicar qué demonios están haciendo con el Espanyol. Como si el principal problema del club fuera promocionar la ciudad y no sacar a una entidad histórica del agujero deportivo e institucional en el que se encuentra.
Luego aparece el nombre de Monchi como si fuera el gran golpe de efecto. Pero los milagros no existen. Ni el mejor director deportivo del mundo puede construir un proyecto serio si no tiene recursos. Es como comprarse un Ferrari sin poder pagar la gasolina. El problema nunca ha sido únicamente quién ficha. El problema es quién decide cuánto se puede gastar y qué ambición tiene realmente este club.
Y mientras tanto, Mao continúa como CEO. Incomprensible. Si existe hoy un consenso prácticamente unánime entre el espanyolismo es que su etapa está más que amortizada. La confianza de la afición desapareció hace mucho tiempo y cada temporada que pasa no hace más que aumentar el desgaste. Hay quien dice, medio en broma y medio en serio, que muchos pericos siguen encendiendo velas para que llegue por fin el día en que abandone el cargo. Es una imagen que resume perfectamente el sentimiento de una grada que hace años dejó de creer en su gestión. Cuesta recordar un dirigente con un nivel de rechazo semejante que siga aferrado al puesto como si nada ocurriera.
Por cierto, sigue habiendo una pregunta que nadie responde: ¿el fondo de inversión ha abonado realmente todo lo pactado a Chen? Porque si algo sigue brillando por su ausencia en este club es la transparencia.
La Liga empieza en diez días y el balance del mercado invita al pesimismo. Han llegado dos cesiones, Hartman y Moscardó, que de momento han enseñado más bien poco en pretemporada. Y el gran motivo para ilusionarnos es Calatrava. Un jugador de 26 años que todavía no ha debutado en Primera División.
Lo más triste es mirar el valor de mercado de esta plantilla y compararlo con el de hace apenas unos años. Gerard Moreno, Borja Iglesias, Mario Hermoso, César Montes… Hoy aquello parece ciencia ficción. El mercado no suele engañar: el valor de una plantilla acostumbra a reflejar su nivel competitivo. Y el mensaje que transmite la nuestra es demoledor. Nuestro objetivo vuelve a ser el de siempre: rezar para que haya tres equipos peores y esperar otro milagro como el del Athletic la temporada pasada regalándonos seis puntos.
Como si todo esto no fuera suficiente, somos probablemente el único equipo de Primera cuyo entrenador empieza la temporada con media grada cuestionándolo. El enfrentamiento entre manolistas y antimanolistas parece ya irreconciliable. Si el club quería empezar un proyecto con algo de paz social, quizá habría sido más inteligente apostar por un entrenador que no dividiera tanto al espanyolismo. Pero una vez más se ha elegido el camino del conflicto.
Y aquí aparece la mayor contradicción de todas. La afición vive uno de sus mejores momentos. Cada vez hay más pericos jóvenes. Se baten récords de abonados. La gente responde incluso después de años de decepciones. Hay una base social extraordinaria, fiel hasta límites que rozan lo irracional.
¿Y qué recibe a cambio?
Silencio. Opacidad. Promesas vacías. Humo. Una sensación permanente de que nadie al mando entiende la dimensión del club que dirige ni el privilegio que supone representar al Espanyol.
Porque el problema ya no es únicamente perder partidos. El problema es haber perdido la capacidad de ilusionar. Haber normalizado la mediocridad. Haber convertido la resignación en un modelo de gestión. Haber conseguido que buena parte del espanyolismo espere con más ilusión la salida de determinados dirigentes que la llegada de un gran fichaje.
Un club como el Espanyol no puede conformarse con sobrevivir temporada tras temporada esperando que siempre haya tres equipos peores. No puede seguir viviendo de la fidelidad inagotable de una afición que nunca falla mientras quienes toman las decisiones siguen sin asumir responsabilidades.





